viernes, 21 de agosto de 2009

... Y vivían felices por siempre

Que bueno era Ese acercamiento a los mundos fantásticos en los que las princesas luego de sufrir porque la malvada bruja o el terrible villano siempre querían tener el poder de su reino deshaciéndose de ellas, terminaban reviviendo luego de haber comido una manzana envenenada, despertando de un sueño de cien años, recuperando la voz y convirtiéndose en humana, casándose con un forastero que luego de haber frotado una lámpara se volvió príncipe o convirtiéndose en princesa luego de haber sido maltratada y humillada por su madrastra y hermanastras.
Cada que leíamos un cuento o veíamos una película, quedábamos envueltas en una trama compleja, que a nuestra edad entendíamos, y fuera de eso sabíamos que la princesa iba a sufrir durante el 90% de esta. Le tocaba limpiar, barrer, trapear, lavar ropa, huir del castillo para que no la mataran. La envenenaban, la encerraban en la torre mas alta del castillo o en el mejor de los casos dormía durante casi toda la historia.
Pero, para toda niña valía la pena ver por lo que tenia que pasar nuestra “heroína” infantil, porque sabíamos que al final ¡Viviría Feliz por Siempre! con ese apuesto y valiente príncipe… con el que todavía algunas soñamos pero que pocas han podido encontrar por lo menos algo que se le acerque. Y que muchas otras seguimos esperando, aunque sabemos que los príncipes azules sólo existen en los cuentos, pues… como diría mi mejor amiga: “los príncipes azules solo existen en el momento de conquistar, después se convierten en sapos y ni con besos vuelven a la realidad”

Alicia en MÍ País de las Maravillas

Todos debemos recordar los cuentos que leíamos o nos leían cuando éramos pequeños. Esos cuentos que nos ayudaban a dormir y soñar con cosas maravillosas que sólo pasaban en ellos y en nuestros sueños. O aquellos cuentos que nos generaban miles de preguntas y nos hacían repetir mil veces esas tres palabras un poco fastidiosas para quienes nos debían responder, ¿y por qué? , esa pregunta que luego llegamos a odiar cuando nuestros hermanos o primos no paraban de decirla, ¿y por qué?, ¿y por qué?, ¿y por qué?, ¿y por qué?... Seguramente cada persona tendrá su cuento infantil favorito, ese que le despierta mil sentimientos y le trae los recuerdos más bonitos.

El mío es Alicia en el País de las Maravillas, y es que yo soñaba con entrar a ese país y conocer al Conejo Blanco, ese que mantenía cogido de la tarde, así como me mantengo yo ahora; conocer a mi “villana” favorita, la Reina de Corazones; volverme pequeña o gigante con solo comer un pedazo de pan; tomar media taza de café con el Sombrerero (y la media sí era la taza, no el café); y… buscar en los arboles la enorme sonrisa del gato Cheshire, el único con rayas moradas y rosadas que haya existido.

Mi amor por ese cuento comenzó en el momento en que mi mamá lo llevo a casa, uno de los pocos días que recuerdo de mi infancia. Y es que… con solo ver el dibujo de la carátula del libro quise viajar a ese lugar en el que las cosas imposibles se hacían posibles y en el que lo más extraño e inimaginable ocurría.
Leí el libro tantas veces como pude, tantas como he repetido la película La Vida es Bella. Recuerdo que me encantaba sentarme a ver las imágenes del País de las Maravillas y soñar despierta con un mundo parecido o igual pero que para mí fuera real.


Los cuentos infantiles nos ayudaron a crecer, la mayoría nos dejaban una moraleja para ser mejores personas y aprender a vivir. Por eso, en este momento de mi vida puedo decir que este cuento todavía me sigue enseñando lo que es la vida, o al menos cómo llevarla. Porque así tenga 19 años, esté a punto de convertirme en adulta y esté en sexto semestre; a veces es bueno soñar y huir de los problemas hacia ese País de las Maravillas en donde es posible sentirse pequeño de nuevo y olvidar por un momento el caos de la vida real.

Pero… hay ocasiones en las que ese que lugar se vuelve real aún sin tenérselo que imaginar y descubres que cuando estas junto a las personas que más quieres tu vida se convierte en el País de las Maravillas.

jueves, 20 de agosto de 2009

¿Sabías que?


  • El cuento original de caperucita roja nos cuenta lo mismo que el que nos leyeron cuando éramos niños pero no hubo leñador que salvara a caperucita, lo que si queda claro es que el lobo se la comió, aunque no sea precisamente en el sentido en el que nuestra inocencia de niños lo pensó y como lo arreglaron los hermanos Grimm.
    “Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir…” Charles Perrault.
    En pocas palabras a Caperucita se la comió el lobo por “loba”.


  • A nadie se le había ocurrido pensar que después de cien años y un dia la moda habría cambiado y que los vestidos anchos con corsé y las gorgueras (pañuelo para cubrir el escote, que más bien parece un bolero de los que usan los payasos en el cuello) ya no serian portada de la revista VOGUE (yo se, en ese tiempo no existía) pero a Charles Perrault el escritor original de la bella durmiente no se le paso este pequeño detalle.
    “El príncipe ayudó a la princesa a levantarse y vio que estaba toda vestida, y con gran magnificencia; pero se abstuvo de decirle que sus ropas eran de otra época y que todavía usaba gorguera; no por eso se veía menos hermosa” Charles Perrault.

  • El cuento de pinocho fue uno de los mejores métodos de educación utilizados por las mamas en los años 80 y 90 para evitar que los niños dijeran mentiras, todos debemos recordar esas palabras, “se le va a crecer la nariz como a pinocho”, que nos hicieron decir la verdad y que ahora nos hacen preguntar ¿por qué hicimos caso? Claro, solo a nosotros se nos ocurrió creerlo, porque los niños de ahora no tragan entero.
    Pero ya no podemos hacer nada, ¡nos comimos el cuento!, solo nos queda agradecer a quien se le ocurrió la gran idea de cambiarle el final porque con el original seriamos una generación de traumatizados por saber que a pinocho lo ahorcaron por decir tanta mentira.



La nueva Bella Durmiente


Su nombre era Luisa Fernanda tenia tan solo 12 años y cursaba segundo de bachillerato, su rostro solo inspiraba ternura e inocencia, esa inocencia de niña que apenas se encuentra descubriendo el mundo, con todas sus cosas buenas y malas y que quiere disfrutar de todo lo que éste le ofrece.

Esa fatídica noche se encontraba con su padre, Carlos Mario, en una fiesta, su madre no había podido ir con ella porque se encontraba enferma, eran los quince años de la prima de Luisa Fernanda y para ella era el mejor día de su vida porque por fin iba a poder estar en una fiesta con jóvenes de su misma edad e incluso hasta podría encontrar a su príncipe azul, ese con el que ya hacia algún tiempo estaba soñando, imaginándose como en un cuento de hadas que llegaría por ella hasta su ventana en un hermoso caballo blanco y se irían juntos y vivirían felices por siempre; o , por lo menos quería encontrar un amor con quien pasar un tiempo juntos así no llegara en un hermoso caballo y no vivieran felices por siempre.

En principio, esa noche, era como ella lo esperaba, todo era maravilloso ella se sentía como la jovencita más afortunad de todo el mundo, los dos orificios que se le hacían en las mejillas cuando reía se encontraban en todo momento presentes en su cara inocente y se marcaban más que nunca, se podía ver a simple vista la felicidad que tenia. En el lugar se sentía un olor a juventud y a humo de discoteca, que combinado con esas hermosas luces de colores que iban y venían de un lado a otro hacían que Luisa Fernanda se sintiera tan feliz que jamás hubiera querido que esa noche terminara. Había conocido con un hermoso joven de ojos color miel, quien inmediatamente llamo su atención y en especial esos bellos ojos que por un momento estuvieron conectados con los suyos momento en el que se detuvo el tiempo y todo fue como amor a primera vista.
Toda la noche estuvo bailando con él, pero como todo en la vida la fiesta debía terminar en algún momento y así fue a las 2:30 de la madrugada la fiesta terminó, todos los invitados comenzaron a irse unos salían y casi ni podían sostenerse de la borrachera, el papá de Luisa era uno de ellos, otros, los que no tomaban, salían como zombis, de pronto por el sueño o por la tristeza de que se hubiera acabado la fiesta. Entre todos los invitados que salían se encontraba Luisa, quien iba en compañía del hermoso joven llegaron hasta el carro de Luisa en el que ya se encontraba su padre, se despidieron pero antes se dieron los teléfonos para llamarse luego, luisa se montó al carro, su padre arrancó y ella se quedo mirando al joven que desde lejos hacia con su mano un gesto de adiós.

Durante el camino hacia su casa Luisa Fernanda solo pensaba en el joven y sus hermosos ojos color miel que con la luz de la miniteca se veían más bellos y brillantes, pero no se percató de que su padre estaba demasiado borracho y que no estaba en capacidad para manejar. Pues preciso, unas cuadras después su papá se pasó un semáforo en rojo y chocó contra una camioneta, debido a la velocidad de ambos carros y al estado de embriagues del papá de Luisa no fue posible frenar antes de chocar, lo único que pudo ver Luisa fue las luces de la camioneta que enceguecían sus ojos y que cada ves se acercaban más y más, y alcanzó a escuchar por un instante los frenazos de ambos carros en un intento fallido por tratar de no chocar, y un grito agudo que provenía de su garganta, un grito tan fuerte que la ensordecía y fue allí en esos momentos en que Luisita, como le decía su padre, quedo inmersa en un profundo sueño.

El cuento de la bella durmiente se hacia realidad, durante tres meses un profundo coma mantuvo a Luisa postrada en la cama de una fría y lúgubre habitación de la Clínica de Las Américas, pero sola nunca estuvo, su familia y por supuesto su “príncipe azul”, ese joven de ojos color miel que había conocido en la fiesta, siempre la acompañaban. Cientos de flores llenaron la habitación de la clínica durante esos angustiantes tres meses, todas mandadas por el joven de ojos color miel porque él siempre guardó la esperanza de que Luisa iba a despertar y quería que ese día estuviera adornado de “millones” de flores que dibujaran una enorme sonrisa en la cara de ella.

Y este cuento de hadas no podía ser diferente a los demás, en la mañana del 14 de noviembre de 2008 mientras un rayo de sol entraba por la ventana y alumbraba los ojos miel del joven, que había acabado de llegar a la habitación con un ramo de rosas, luisa abrió los ojos, y como terminaría el cuento original “el castillo ( la habitación de la clínica), hasta entonces inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas”, bueno, no hubo ni cantos ni música. Pero así fue como el joven de ojos miel y luisa vivieron felices por siempre… o por lo menos hasta el momento.