jueves, 20 de agosto de 2009

La nueva Bella Durmiente


Su nombre era Luisa Fernanda tenia tan solo 12 años y cursaba segundo de bachillerato, su rostro solo inspiraba ternura e inocencia, esa inocencia de niña que apenas se encuentra descubriendo el mundo, con todas sus cosas buenas y malas y que quiere disfrutar de todo lo que éste le ofrece.

Esa fatídica noche se encontraba con su padre, Carlos Mario, en una fiesta, su madre no había podido ir con ella porque se encontraba enferma, eran los quince años de la prima de Luisa Fernanda y para ella era el mejor día de su vida porque por fin iba a poder estar en una fiesta con jóvenes de su misma edad e incluso hasta podría encontrar a su príncipe azul, ese con el que ya hacia algún tiempo estaba soñando, imaginándose como en un cuento de hadas que llegaría por ella hasta su ventana en un hermoso caballo blanco y se irían juntos y vivirían felices por siempre; o , por lo menos quería encontrar un amor con quien pasar un tiempo juntos así no llegara en un hermoso caballo y no vivieran felices por siempre.

En principio, esa noche, era como ella lo esperaba, todo era maravilloso ella se sentía como la jovencita más afortunad de todo el mundo, los dos orificios que se le hacían en las mejillas cuando reía se encontraban en todo momento presentes en su cara inocente y se marcaban más que nunca, se podía ver a simple vista la felicidad que tenia. En el lugar se sentía un olor a juventud y a humo de discoteca, que combinado con esas hermosas luces de colores que iban y venían de un lado a otro hacían que Luisa Fernanda se sintiera tan feliz que jamás hubiera querido que esa noche terminara. Había conocido con un hermoso joven de ojos color miel, quien inmediatamente llamo su atención y en especial esos bellos ojos que por un momento estuvieron conectados con los suyos momento en el que se detuvo el tiempo y todo fue como amor a primera vista.
Toda la noche estuvo bailando con él, pero como todo en la vida la fiesta debía terminar en algún momento y así fue a las 2:30 de la madrugada la fiesta terminó, todos los invitados comenzaron a irse unos salían y casi ni podían sostenerse de la borrachera, el papá de Luisa era uno de ellos, otros, los que no tomaban, salían como zombis, de pronto por el sueño o por la tristeza de que se hubiera acabado la fiesta. Entre todos los invitados que salían se encontraba Luisa, quien iba en compañía del hermoso joven llegaron hasta el carro de Luisa en el que ya se encontraba su padre, se despidieron pero antes se dieron los teléfonos para llamarse luego, luisa se montó al carro, su padre arrancó y ella se quedo mirando al joven que desde lejos hacia con su mano un gesto de adiós.

Durante el camino hacia su casa Luisa Fernanda solo pensaba en el joven y sus hermosos ojos color miel que con la luz de la miniteca se veían más bellos y brillantes, pero no se percató de que su padre estaba demasiado borracho y que no estaba en capacidad para manejar. Pues preciso, unas cuadras después su papá se pasó un semáforo en rojo y chocó contra una camioneta, debido a la velocidad de ambos carros y al estado de embriagues del papá de Luisa no fue posible frenar antes de chocar, lo único que pudo ver Luisa fue las luces de la camioneta que enceguecían sus ojos y que cada ves se acercaban más y más, y alcanzó a escuchar por un instante los frenazos de ambos carros en un intento fallido por tratar de no chocar, y un grito agudo que provenía de su garganta, un grito tan fuerte que la ensordecía y fue allí en esos momentos en que Luisita, como le decía su padre, quedo inmersa en un profundo sueño.

El cuento de la bella durmiente se hacia realidad, durante tres meses un profundo coma mantuvo a Luisa postrada en la cama de una fría y lúgubre habitación de la Clínica de Las Américas, pero sola nunca estuvo, su familia y por supuesto su “príncipe azul”, ese joven de ojos color miel que había conocido en la fiesta, siempre la acompañaban. Cientos de flores llenaron la habitación de la clínica durante esos angustiantes tres meses, todas mandadas por el joven de ojos color miel porque él siempre guardó la esperanza de que Luisa iba a despertar y quería que ese día estuviera adornado de “millones” de flores que dibujaran una enorme sonrisa en la cara de ella.

Y este cuento de hadas no podía ser diferente a los demás, en la mañana del 14 de noviembre de 2008 mientras un rayo de sol entraba por la ventana y alumbraba los ojos miel del joven, que había acabado de llegar a la habitación con un ramo de rosas, luisa abrió los ojos, y como terminaría el cuento original “el castillo ( la habitación de la clínica), hasta entonces inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas”, bueno, no hubo ni cantos ni música. Pero así fue como el joven de ojos miel y luisa vivieron felices por siempre… o por lo menos hasta el momento.

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